Samsung lleva su filosofía de diseño a Milán con 12 zonas inmersivas

Samsung lleva su filosofía de diseño a Milán con 12 zonas inmersivas

Del 20 al 26 de abril de 2026, Samsung abre las puertas de su exhibición «Design is an Act of Love» en el Superstudio Più de Milán, dentro de la Semana del Diseño más influyente del mundo. La propuesta no es una feria de productos: es una declaración de intenciones sobre cómo la compañía quiere que sus dispositivos encajen —o no— en la vida de las personas. Y la pregunta que queda flotando es si una empresa que vende más de 300 millones de smartphones al año puede realmente hablar de amor sin sonar a eslogan de marketing.

Qué ha pasado exactamente

Samsung Electronics ha inaugurado «Design is an Act of Love», una instalación de acceso abierto estructurada en 12 zonas inmersivas bajo el concepto de «open lab para la experimentación y el descubrimiento». La ubicación es el Samsung Design Open Lab en el Superstudio Più de Milán, uno de los espacios de referencia del Fuori Salone, la parte no oficial —pero a menudo más interesante— de la Milan Design Week. Las fechas, del 20 al 26 de abril de 2026, coinciden con la semana central del evento, cuando la ciudad italiana recibe a decenas de miles de profesionales del diseño, arquitectura y tecnología de todo el mundo.

La estructura en 12 zonas no es casual. Cada espacio está pensado para revelar, según la propia compañía, cómo la tecnología puede integrarse de forma significativa en la vida cotidiana. No se trata de una showroom al uso donde se exponen televisores o frigoríficos con etiquetas de precio. El formato de «open lab» implica que los visitantes pueden interactuar con los conceptos expuestos, algo que Samsung lleva trabajando desde hace varios ciclos en Milán con resultados desiguales —unas ediciones más recordadas que otras por su capacidad para generar conversación más allá de la semana del evento.

El subtítulo implícito de la muestra es la «dimensión humana de la tecnología», una frase que aparece de forma consistente en la descripción oficial. Samsung lo presenta como «un nuevo capítulo en su visión de diseño en evolución», lo que sugiere que hay una narrativa de continuidad respecto a exhibiciones anteriores. La compañía no ha detallado en este primer anuncio qué productos o prototipos específicos se exponen en cada una de las 12 zonas, lo que deja margen para la expectativa pero también para la sospecha: cuando no se habla de contenido concreto, a veces es porque el continente es más impresionante que el contenido.

Por qué esto importa ahora

Milan Design Week es el escaparate donde las grandes empresas tecnológicas ya no compiten solo en especificaciones, sino en narrativa cultural. Apple lleva años evitando el evento de forma sistemática —su lenguaje visual es tan reconocible que no necesita validación externa—, mientras que empresas como Google, Ikea o Bang & Olufsen han utilizado el Fuori Salone para posicionarse más allá de sus categorías de producto. Samsung está apostando por este mismo movimiento, pero con una diferencia importante: sus dispositivos llegan a segmentos de mercado radicalmente distintos, desde televisores de gama baja hasta los plegables Galaxy Z de más de 1.800 euros. Ese rango hace más difícil sostener una identidad de diseño coherente y, al mismo tiempo, más necesario intentarlo.

El contexto sectorial es relevante. El mercado de electrónica de consumo lleva varios años en una meseta donde la diferenciación técnica se ha reducido. Un Galaxy S25 Ultra y un iPhone 16 Pro Max comparten más de lo que los separa en términos de rendimiento real para el usuario medio. Cuando el hardware converge, el diseño —entendido como experiencia total, no solo como forma física— se convierte en uno de los pocos campos donde aún se puede ganar o perder cuota de mercado. En ese sentido, que Samsung dedique recursos a una instalación en Milán tiene una lógica estratégica clara: construir marca en el territorio del deseo, no solo del rendimiento.

Para el lector español, esto tiene una lectura práctica. España es uno de los mercados europeos donde Samsung mantiene mayor penetración en televisores y smartphones de gama media-alta. La narrativa de «diseño como acto de amor» no es neutral: es el tipo de posicionamiento que termina influyendo en cómo se percibe el precio de un Galaxy Z Fold o de un televisor The Frame cuando llega a El Corte Inglés o MediaMarkt. No compras solo un producto; compras una filosofía. O eso quiere hacer creer la campaña.

La trampa del «diseño humanista» en manos de una multinacional

Hay una tensión que merece nombrarse directamente. Samsung es una empresa con más de 270.000 empleados, cotizada en bolsa, con obligaciones fiduciarias hacia sus accionistas. Cuando una organización de esa escala dice que el diseño es «un acto de amor», está haciendo una afirmación que requiere cierto escrutinio. El amor, en su sentido más honesto, implica priorizar al otro por encima del beneficio propio. El historial de la industria tecnológica —Samsung incluido— no siempre cuadra con esa definición: obsolescencia programada, reparabilidad limitada, ecosistemas cerrados que dificultan el cambio de plataforma.

Lo que sí puede leerse con más generosidad es la apuesta por el diseño como disciplina que considera el impacto emocional y funcional de los objetos en la vida de las personas. En ese sentido, la estructura de «open lab» de la exhibición tiene un potencial real: si las 12 zonas plantean preguntas genuinas sobre cómo queremos que la tecnología forme parte de nuestro hogar, nuestro cuerpo o nuestra rutina, el ejercicio tiene valor independientemente de la motivación comercial que lo impulsa. El problema es que, sin más detalles sobre qué hay en esas zonas, estamos evaluando el envoltorio.

Esto no es exclusivo de Samsung. LG lleva años presentando conceptos en Milán que raramente se materializan en productos reales. Sony también utiliza el evento para explorar territoros estéticos que su división de electrónica de consumo no siempre traslada al lineal de las tiendas. La pregunta que siempre queda pendiente después de la semana del diseño es cuánto de lo exhibido acaba influyendo en lo que compramos doce meses después. La respuesta, históricamente, es «menos de lo que la rueda de prensa sugiere».

Samsung frente a sus propios estándares de diseño

Si se mira la trayectoria de Samsung en Milán, la compañía ha pasado de presentar productos futuros a proponer reflexiones sobre el papel de la tecnología. Es un giro que, en sí mismo, dice algo sobre el momento en que se encuentra la industria. Hace diez años, el Fuori Salone era un lugar donde las tecnológicas enseñaban pantallas más delgadas o electrodomésticos más eficientes. Hoy, el discurso se ha desplazado hacia preguntas más filosóficas: ¿para qué sirve realmente este objeto? ¿A quién sirve? ¿Cómo se integra sin invadir?

El concepto «Design is an Act of Love» conecta, al menos en el plano retórico, con una corriente más amplia del diseño contemporáneo que incluye nombres como Formafantasma, Neri&Hu o el trabajo del Eindhoven Design Academy, que llevan años cuestionando la función social y ética de los objetos manufacturados. Si Samsung ha incorporado a alguno de estos referentes en la curaduría de las 12 zonas, la exhibición podría tener sustancia real. Si es un ejercicio interno de su propio estudio de diseño sin interlocutores externos que tensionen la propuesta, el resultado probablemente sea más pulido visualmente que incómodo intelectualmente. Y el diseño que no incomoda tampoco suele cambiar nada.

Desde la perspectiva competitiva, conviene notar que ningún otro fabricante de smartphones de primera línea —ni Apple, ni Google, ni Xiaomi— tiene una presencia tan sostenida en Milan Design Week como Samsung. Eso le otorga un terreno simbólico que la compañía ha construido durante años y que no es fácil de replicar rápidamente. Pero también implica un nivel de expectativa acumulado: cada edición tiene que superar o al menos igualar la anterior para que la inversión siga teniendo sentido.

Qué cabe esperar

La Milan Design Week 2026 termina el 26 de abril. En los días siguientes, las publicaciones especializadas en diseño —Dezeen, Wallpaper*, Domus— publicarán sus valoraciones sobre la exhibición, que serán más relevantes que las notas de prensa para entender si «Design is an Act of Love» tuvo impacto real en la conversación del sector o quedó como una instalación vistosa para Instagram. Esas valoraciones externas son el termómetro que importa.

Más allá de Milán, conviene vigilar si los conceptos presentados en las 12 zonas aparecen de alguna forma en los próximos lanzamientos de Samsung: la segunda mitad de 2026 traerá presumiblemente los Galaxy Z Fold 8 y Z Flip 8, y el ciclo Galaxy S26 comenzará a filtrarse en otoño. Si el lenguaje de «tecnología en servicio de la humanidad» que Samsung ha declarado en Milán se traduce en decisiones concretas de diseño de producto —mayor reparabilidad, menor fragmentación del software, materiales más sostenibles— la exhibición habrá servido para algo más que para las fotografías. Si no, habrá sido un ejercicio costoso de branding cultural con fecha de caducidad de una semana.